lunes, 27 de diciembre de 2010

Almas errantes

Almas errantes con las que ayer andube, descubriendo nuevos pasos en mi caminar, nunca pensé en estar ahí, solo con ellos, quisiera siempre estar ahí, olvidarme de otros pensamientos, de otras habladurías, de olvidarme de todo. Ya he encontrado mi sitio, no quiero irme de este lugar,  rodeada de tumbas en el campo santo, en mi cripta, soñando de día, andando de noche, hablando dehostorias interesantes, de nuestra sed de sangre... Todos nos hemos juntado, somos una gran familia, que se va agrandando poco a poco, somos entre todos nuestro propio clan, aunque nuestras búsquedas de sangre vayan por separado, buscando nuestras víctimas, buscando nuestra sangre  para saciar nuestra sed...
Antes iba sola, me sentía culpable por cosas, porque era otra, no realmente yo, mi alma no era la mía, se estaba muriendo, ahora es oscura, parece que está muerta, parece una rosa negra, aunque parezca muerta por fuera,está viva por dentro..., mi alma es así, desafiando días oscuros, y las eternas noches, deseando de encontrarse de nuevo con esa gran familia, de colmillos deseosos de sangre, de estar con ellos, en esas noches, deseando que no amanezca nunca, derecorrer las tumbas de piedras antiguas, sin sombras, escuchando la sigilosa brisa que pasa por las hojas de los árboles centenarios, de no querer separarse de ellos, y de estar hasta la eternidad juntoa su presencia....

lunes, 20 de diciembre de 2010

Ojalá

Ojalá fuera un ángel, para poder  besar por última vez tus labios...
Ojalá fuera un alma en este mundo, para poder velar tus sueños...
Ojalá pudiese ser alguien, para estar una y otra vez contigo cada noche...
Ojalá fuera una lágrima tuya, que recorriera tus mejillas y rozar tu linda piel...
Ojalá fuera todo lo que siempre quisiste, pero me es imposible...
Ya que nunca te distes cuenta de una cosa,que aunque parezca que no, es importante,estube a tu lado; ya nada sirve, ya nada vale, ya todo ha muerto conmigo, y se ha esfumado con el tiempo
Ojalá fuera aquellas palabras, que alguna vez, pudieron llegarte al alam, o de alguna manera, rozarte el corazón con un simple suspiro
Ojalá fuera esos verso, que alguna vez cautivaban a la gente, y que pudiera decirte de alguna manera lo que he llegado a sentir por ti
Ojalá fuera esa mirada, que penetrase tan hondo que llegase hasta el fondo de un corazón de piedra y roto en pedazos
Ya nada vale,ya nada existe, todo se ha quemado y se ha venido conmigo, ya que estoy muerta por dentro

Una carta de despedida

Joven oscuro, no sabes lo que me está pasando, te echo demasiado de menos. Ojalá nunca me hubieses dejado, ojalá hubiera sido alguien mas en tu vida,no una simple amiga, a la que ya has perdido. todo lo que hay a mi alrededor me recuerda a ti, aunque hayan sido unos miserables dias, las calles, los sitios en los cuales hemos estado juntos...todo, eras alguien demasiado especial en mi vida, pero me fastidiastes largandote de mi lado.
Sé que unas simples palabras no iban a servir para nada,y ni tampoco unas simples lágrimas recorriendo mis mejillas.
Ahora me siento sola, al no estar a mi lado. me siento como si estuviese fuera de lugar.
Espero que no pase mucho tiempo en el que te puedas darte cuenta de lo que has perdido, aunque sé que estarás cegado durante mucho tiempo, y nunca te darás cuenta, porque estasabsorbido por una ignoracia que te ha cegado la mirada, aunque me digas que no, que he sido una personal especial, que he sido una chica que es cercana y sincera, son solo palbras bonitas que pueden llegar a oidos poco entendedores... pero son solo palabras que no llegan al alma, que no llegan a un corazón ya roto, ke se ha ido haciendo polvo con el paso del tiempo....

jueves, 18 de noviembre de 2010

Dias tristes

Hoy empieza un dia gris,lleno de gotas de lluvia. mojando las calles de esta ciudad, haciendo asi un olor inconfundible. Haciendo que el dia sea eterno, lleno de tristeza, sin ningun rayo de luz, buscando al ser interior que está aun durmiendo en su dulce y tenebrosa oscuridad.
Soy aquella alma oscura, que aun se siente perdida en el mundo, sin saber porqué, no encuentro ninguna respuesta; solo escucho de fondo canciones que hacen un poco de compañía en este día. Solamente pensando en los dias que e malgastado el tiempo, en cosas que no me han merecido la pena, en los cuales y en muchos de ellos están enterrads en el olvido.
Añoro aquellos dias de soledad, encontrando lo que ahora añoro. Nadie sabe quien soy, nadie sabe que existo; desaparecí de esta vida, porque ya nada valía, ya nada podía valer la pena para valorarla. Ya perdí todo, todo lo que creía que se entendía que estaba bien, ya nada es igual.
Vivo entre tinieblas y oscuridad, apartada de todo, apartada de todos, no quisiera saber nada nuevo, ya que es siempre repetir la misma historia, una y mil veces, nadie se escucha ni sus propias palabras, solo quieren que las escuchen aunque ya están hartos de escuchar lo mismo.
Quisiera recorrer día tras día, los laberintos que crean las tumbas, recorrer esos pasillos, ver lápidas, estar únicamente sola, sin nadie a mi alrededor, solamente con los que duermen eternament, ya que son los únicos que realmente hacen en verdad una grata compañía espiritual, ya que ninguno va a molestar como molestan los vivos.
Ahora soy un ser totalmente oscuro, no quiero recibir ningun rayo de luz,no soy como los demás, siempre buscando que me haga diferente, odiando cada vez más el mundo que me rodea, sin que nada que lo detenga, sin que nadie lo cambie

domingo, 14 de noviembre de 2010

El Vampiro,de Polidori

Sucedió que en medio de las disipaciones de un invierno londinense, apareció en las diversas fiestas de los líderes de la ciudad un noble, más destacado por sus singularidades que por su categoría. Miraba larga y fijamente el alborozo a su alrededor, como si no pudiese participar de aquello. Al parecer, solamente la risa ligera de la fiesta llamaba su atención, como si él pudiera quizá con una mirada sofocarlas, y arrojar miedo a esos pechos donde reinaba la irreflexión. Aquéllos que sentían esta sensación de sobrecogimiento no podían explicar de dónde surgía: algunos lo atribuían a la muerta mirada gris que, fijándose sobre el semblante del sujeto, no parecía penetrar y en una mirada horadar hasta los funcionamientos internos del corazón, sino que caía sobre la mejilla con un rayo de plomo que pesaba sobre la piel, que no podía traspasar. Sus peculiaridades hicieron que fuera invitado a todas las casas; todo el mundo deseaba verlo, y aquellos que habían estado acostumbrados a la excitación violenta y ahora sentían el peso del hastío, estaban felices de tener algo en su presencia capaz de captar su atención. A pesar del color mortal de su rostro —que nunca adquirió un tinte más cálido, ni por el rubor de la modestia, ni por la fuerte emoción de la pasión, aunque su forma y contorno eran hermosos—, muchas cazadoras de notoriedad intentaron ganar sus atenciones, y lograr, por lo menos, algunas huellas de lo que ellas podrían calificar de afecto.

Lady Mercer, que había sido la burla de cada monstruo presentado en los salones desde su matrimonio, se interpuso en su camino, y sólo le faltó ponerse el ropaje de un charlatán de feria para atraer su atención. Aunque en vano: cuando se paraba ante él, si bien sus ojos estaban aparentemente fijos en los de ella, aun así parecía como si no los percibiera; incluso su desvergonzado descaro fue frustrado, y ella abandonó el campo. Pero aunque la adúltera corriente no podía influir ni siquiera en la dirección de su mirada, no era que el sexo femenino le fuera indiferente: pero tal fue la evidente precaución con la que habló a la esposa virtuosa y a la inocente hija, que pocos supieron que jamás se hubiese dirigido a las mujeres. Él tenía, sin embargo, la reputación de una labia encantadora; y ya sea que fuera eso lo que superó inclusive el pavor de su singular carácter, o que fuesen conmovidas por su aparente odio al vicio, él estaba con la misma frecuencia tanto entre el tipo de mujeres que constituyen la jactancia de su sexo a partir de sus virtudes domésticas, como entre las que lo mancillan con sus vicios.

Aproximadamente al mismo tiempo, vino a Londres un joven caballero de nombre Aubrey. Era un huérfano a quien, junto con su única hermana, sus padres dejaron en la posesión de una gran fortuna, cuando fallecieron mientras él estaba todavía en plena infancia. También abandonado a sí mismo por sus tutores, que pensaban que sus obligaciones se reducían simplemente a cuidar su patrimonio, mientras que resignaban la más importante responsabilidad de su mente al cuidado de subalternos mercenarios, cultivó más su imaginación que su juicio. Tenía, por lo tanto, ese elevado sentimiento romántico de honor y franqueza, que diariamente arruina a tantos aprendices de sombrereros de damas. Creía que todos simpatizaban con la virtud, y pensaba que el vicio fue arrojado por la Providencia simplemente por el efecto pintoresco de la escena, como se ve en los romances: pensaba que la miseria de una casita de campo solamente consistía en la ropa de cama y cortinados, tan cálidos, pero que estaban mejor adaptados al ojo del pintor por sus pliegues irregulares y variados remiendos de colores. Pensaba, en fin, que los sueños de los poetas eran las realidades de la existencia. Era apuesto, franco y rico: por estas razones, al ingresar a los círculos alegres, muchas madres lo rodearon, competencia que debería describir con mínima veracidad a sus lánguidas o vivaces favoritas: las hijas, al mismo tiempo, con sus brillantes semblantes cuando él se aproximaba, y con sus ojos chispeantes cuando despegaba los labios, pronto lo llevaron a falsas nociones sobre sus propios talentos y méritos. Aferrado como estaba al idilio de sus horas solitarias, se sobresaltó al descubrir que excepto en las velas de sebo y cera que parpadeaban, no por la presencia de un fantasma, sino por la necesidad de despabilamiento, no había fundamento en la vida real para ninguno de esos montones de agradables representaciones y descripciones contenidas en los volúmenes con los cuales había formado sus estudios. Encontrando, sin embargo, alguna compensación en su vanidad halagada, estuvo a punto de renunciar a sus sueños, cuando el extraordinario ser antes descripto se cruzó en su camino.

Lo observó; y la misma imposibilidad de formarse una idea del carácter de un hombre enteramente absorto en sí mismo, que daba escasos otros signos de su percepción de objetos externos, más que la tácita aprobación de su existencia, implícita por el hecho de evitar su contacto; permitiendo que su imaginación representara cada cosa que favoreciera su propensión a ideas extravagantes, pronto transformó a este sujeto en un héroe de romance, y decidió observar al vástago de su fascinación, más que a la persona que tenía enfrente. Se informó sobre él, le brindó atenciones, y tanto se hizo notar, que siempre era reconocida su presencia. Gradualmente se dio cuenta de que los asuntos de Lord Ruthven eran embarazosos, y pronto descubrió, de las notas de aprestos de la calle “X”, que estaba a punto de viajar. Deseoso de lograr alguna información respecto a este singular personaje, quien hasta ese momento sólo había estimulado su curiosidad, dio a entender a sus tutores de que era tiempo de que se fuera de viaje, lo cual por muchas generaciones ha sido considerado como necesario para permitir dar algunos rápidos pasos en la carrera del vicio para posicionarse en pie de igualdad con los de más edad, y permitiéndoles no aparecer como caídos del cielo, cuandoquiera que se mencionen escandalosas intrigas como los temas de cortesía o de elogio, según el grado de habilidad mostrado en llevarlas. Consintieron: y Aubrey, mencionando inmediatamente sus intenciones a Lord Ruthven, se sorprendió al recibir de parte de él una propuesta de sumársele. Halagado por tal señal de estima de alguien que aparentemente no tenía nada en común con los otros hombres, aceptó complacido, y en pocos días cruzaron las aguas circundantes.

Hasta ese momento, Aubrey no había tenido ninguna oportunidad de estudiar el carácter de Lord Ruthven, y ahora se encontraba con que, aunque muchas más de sus acciones se exponían ante su vista, los resultados ofrecían diferentes conclusiones de los aparentes motivos de su conducta. Su compañero era profuso en su prodigalidad; el holgazán, el vagabundo y el mendigo recibían de su mano más que suficiente para aliviar sus necesidades inmediatas. Pero Aubrey no podía evitar observar que no era con los virtuosos, reducidos a la indigencia por las desgracias a pesar de su virtud, que él otorgaba sus limosnas; éstos eran despedidos de la puerta con desdén apenas contenido; pero cuando el disoluto venía a pedir algo, no para aliviar sus necesidades, sino para permitirle revolcarse en su lujuria, para hundirse todavía más en su iniquidad, se lo despedía con abundantes dádivas. Esto era, sin embargo, atribuido por él al mayor descaro de los viciosos, quienes generalmente prevalecían sobre la retraída timidez del indigente virtuoso. Existía una circunstancia sobre la caridad de su Señoría que estaba todavía más impresa en su mente: todos aquellos a los que se les confería algo, inevitablemente se encontraban con una maldición sobre ellos, ya que eran todos conducidos al cadalso o sumergidos a la más baja y abyecta miseria. En Bruselas y otras ciudades por las cuales pasaron, Aubrey estaba sorprendido por el evidente entusiasmo con el que su compañero buscaba los centros de todos los vicios de moda; se imbuía de todo el espíritu de la mesa de faraón<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->: apostaba y siempre se arriesgaba con éxito, excepto donde su antagonista era un tramposo conocido, y entonces perdía más aún de lo que ganaba; pero era siempre con el mismo imperturbable rostro con el cual generalmente observaba la sociedad a su alrededor. No era así, sin embargo, cuando se encontraba con el novato de juvenil precipitación, o el padre sin suerte de una numerosa familia; entonces su mismo deseo parecía la ley del destino. Su aparente abstracción mental era dejada de lado, y sus ojos centelleaban con más fuego que el de un gato jugando con un ratón moribundo. En cada ciudad, dejaba al antes acomodado joven arrancado del círculo que ornaba, maldiciendo, en la soledad de un calabozo, el destino que lo había llevado al alcance de este demonio; mientras más de un padre se sentaba desesperado, entre la elocuente mirada de mudos hijos hambrientos, sin un simple cuarto de penique de su extinta inmensa fortuna, con el cual comprar aunque sea lo suficiente para satisfacer sus urgencias presentes. Y sin embargo no tomaba dinero de la mesa de juego, sino que perdía inmediatamente, para la ruina de muchos, el último florín que había arrebatado hacía un momento del manoteo convulsivo del inocente: esto podía ser nada más que el resultado de cierto grado de conocimiento, el cual no era, sin embargo, capaz de combatir la astucia de los más experimentados. Aubrey a menudo deseaba plantearle esto a su amigo, y rogarle que renunciara a esa caridad y placer que probaron ser la ruina de todos, y que no tendía a su propio beneficio. Pero se demoraba, ya que cada día esperaba que su amigo le diera alguna oportunidad de hablar franca y abiertamente con él; no obstante, esto nunca ocurría.

Lord Ruthven, en su carruaje y entre las variadas y ricas escenas silvestres de la naturaleza, era siempre el mismo: sus ojos decían menos que sus labios; y aunque Aubrey estaba cerca del objeto de su curiosidad, no obtenía más gratificación de él que la constante excitación de desear vanamente romper ese misterio, el que para su exaltada imaginación comenzó a cobrar la apariencia de algo sobrenatural.

Pronto llegaron a Roma, y Aubrey perdió de vista a su compañero por un tiempo. Lo dejó en diaria atención al círculo matutino de una condesa italiana, mientras que él fue en busca de monumentos de otra casi desierta ciudad. Mientras así estaba ocupado, llegaron cartas de Inglaterra, las cuales abrió con entusiasta impaciencia. La primera era de su hermana, exhalando nada más que cariño; las otras eran de sus tutores, las que lo dejaron pasmado. Si alguna vez había entrado en su imaginación que existía un poder maligno residente en su compañero, éstas parecían darle suficiente razón para tal creencia. Sus tutores insistían sobre su inmediata separación de su amigo, y acentuaban que su carácter era espantosamente vicioso, ya que la posesión de poderes de seducción irresistibles hacía que sus hábitos licenciosos fueran más peligrosos para la sociedad. Se había descubierto que su desdén por la adúltera no se había originado en el odio hacia el carácter de la mujer, sino que él había requerido, para aumentar su gratificación, que su víctima, la compañera de su culpa, debía ser lanzada del pináculo de impoluta virtud, hasta el más bajo abismo de infamia y degradación: en fin, que todas esas mujeres que había buscado aparentemente debido a su virtud, desde su partida habían arrojado hasta las máscaras, y no habían tenido escrúpulos en exponer toda la deformidad de sus vicios a la mirada pública.

Aubrey se decidió a dejar a alguien cuyo carácter todavía no había mostrado un solo punto brillante sobre el que descansar la vista. Resolvió inventar algún pretexto plausible para abandonarlo completamente, intentando, mientras tanto, observarlo de cerca, sin dejar que la más ligera circunstancia pasara desapercibida. Se sumó al mismo círculo, y pronto se dio cuenta de que su Señoría estaba intentando por todos los medios trabajar sobre la inexperiencia de la hija de la dama cuya casa él principalmente frecuentaba. En Italia es raro que se encuentre a una mujer soltera en sociedad. Estaba, por lo tanto, obligado a llevar sus planes en secreto, pero la vista de Aubrey lo seguía en todos sus rodeos, y pronto descubrió que se había arreglado una cita, que muy probablemente terminaría en la ruina de una inocente, aunque irreflexiva muchacha. Sin perder tiempo, ingresó al departamento de Lord Ruthven y abruptamente le preguntó sobre sus intenciones con respecto a la dama, informándole al mismo tiempo que estaba al tanto de que iba a encontrarse con ella esa misma noche. Lord Ruthven respondió que sus intenciones eran las que tendría cualquiera en tal ocasión, y al ser presionado sobre si tenía intenciones de casarse con ella, simplemente se rió. Aubrey se retiró, y escribiendo inmediatamente una nota para decir que a partir de ese momento se veía obligado a declinar acompañar a su Señoría en lo que restaba de su propuesto viaje, ordenó a su sirviente que buscara otros departamentos, y visitando a la madre de la dama, le informó todo lo que sabía, no sólo con relación a su hija, sino también en lo concerniente al carácter de su Señoría. La cita fue impedida. Al día siguiente Lord Ruthven sencillamente envió a su sirviente para notificar su completa conformidad con una separación, pero no insinuó la menor sospecha de que sus planes habían sido frustrados por la interposición de Aubrey.

Habiendo abandonado Roma, Aubrey dirigió sus pasos hacia Grecia, y cruzando la península, pronto se encontró en Atenas. Fijó entonces su residencia en la casa de un griego, y sin demora se ocupó en investigar los descoloridos documentos de antigua gloria sobre monumentos, que aparentemente avergonzados de registrar hechos de hombres libres solamente ante esclavos, se habían escondido bajo el protector suelo o bajo grandes cantidades de coloreados líquenes. Bajo el mismo techo que él existía un ser, tan hermoso y delicado, que podría haber sido el modelo de un pintor deseando representar en un lienzo al óleo la prometida esperanza del creyente en el paraíso de Mahoma, salvo que sus ojos eran demasiado francos como para que alguien pensara que ella podría pertenecer a los que no tuvieran alma. Cuando bailaba en la llanura o se deslizaba con paso grácil por la ladera de la montaña, se habría pensado en la gacela como un pobre prototipo de su belleza; porque quién habría de cambiar su mirada, evidentemente la mirada de la naturaleza animada, por esa lujosa y adormilada forma de mirar del animal, buena nada más que para el gusto de un sibarita. El ligero paso de Ianthe a menudo acompañaba a Aubrey en su búsqueda de antigüedades; generalmente la inconsciente muchacha, abstraída en la persecución de una mariposa Kashmere, mostraba la completa belleza de su forma, como flotando en el viento, a la ardiente vista de él, que olvidaba las cartas que recién había decifrado de una borrosa placa, en la contemplación de su figura de sílfide. A menudo sus cabellos caían, mientras ella revoloteaba en derredor, y exponían a los rayos del sol colores brillantes y efímeros tan delicadamente, que bien excusaban la falta de memoria del anticuario, que dejaba escapar de su mente el mismo objeto que él había pensado de vital importancia para una correcta interpretación de un pasaje en Pausanias. ¿Pero por qué intentar describir encantos que todos sienten, pero nadie puede apreciar? Era inocencia, juventud y belleza, no afectada por salones repletos de gente ni bailes agobiantes. Mientras él dibujaba los restos históricos de los cuales deseaba preservar un recuerdo para sus horas por venir, ella esperaba y observaba los mágicos efectos del lápiz al trazar las escenas del lugar donde había nacido. Ella entonces le describía la danza en rondas sobre la llanura abierta, pintaba para él en todos los radiantes colores de la memoria juvenil las pompas de bodas que recordaba haber visto en su infancia; y entonces, cambiando a temas que evidentemente habían causado una mayor impresión en su mente, le contaba todos los cuentos sobrenaturales de su niñera. Su seriedad y evidente convicción de lo que narraba excitaba incluso el interés de Aubrey, y a menudo mientras ella le contaba el cuento del vampiro viviente, que había pasado años entre sus amigos y sus más queridas relaciones, y cada año había forzado a prolongar su existencia por los meses siguientes alimentándose de la vida de una encantadora mujer, su sangre corría fría, mientras intentaba burlarse de tan vanas y horribles fantasías; pero más tarde le citaba los nombres de ancianos, que habían al fin detectado un viviente entre ellos mismos, después de que muchos de sus parientes cercanos y niños habían sido hallados marcados con el sello del apetito del demonio; y cuando lo vio tan incrédulo, le rogó que le creyera, ya que había sucedido, observó, que aquéllos que se habían atrevido a cuestionar su existencia, siempre recibían alguna prueba que los obligaba, con dolor y desgarro, a confesar que era cierto. Le detalló la apariencia tradicional de estos monstruos, y su horror se incrementó al escuchar una descripción bastante exacta de Lord Ruthven. Él, sin embargo, continuaba aún persuadiéndola de que no podía haber ningún fundamento en sus miedos, aunque al mismo tiempo se preguntaba sobre las muchas coincidencias que tendían a excitar una creencia en el poder sobrenatural de Lord Ruthven.

Aubrey comenzó a apegarse más y más a Ianthe. Su inocencia, tanto contrastaba con todas las virtudes afectadas de las mujeres entre las que había buscado su visión del romance, que ganó su corazón; y mientras ridiculizaba la idea de un joven de hábitos ingleses casándose con una muchacha griega sin educación, todavía se encontraba más y más apegado a la forma casi de hada que tenía ante sí. Se separaba a veces de ella y, formando un plan para alguna investigación de anticuario, partía, determinado a no volver hasta que su objetivo se lograra; pero siempre encontraba imposible fijar su atención en las ruinas a su alrededor, mientras en su mente retenía una imagen que parecía que ella sola era la legítima poseedora de sus pensamientos. Ianthe no era consciente de su amor, y era siempre el mismo ser infantil que había conocido. Ella siempre parecía separarse de él con renuencia, pero era porque no tenía a nadie más con quien pasar revista a sus obsesiones favoritas, mientras que su custodio estaba ocupado en bocetar o descubrir algún fragmento que a pesar de todo se había escapado de la destructiva mano del tiempo. Ella había recurrido a sus padres sobre el asunto de los vampiros, y ambos, con varios argumentos, afirmaban su existencia, pálidos de horror ante el propio nombre.

Poco después, Aubrey se decidió a proceder con una de sus excursiones, que lo iba a demorar por unas horas; cuando ellos escucharon el nombre del lugar, al mismo tiempo le rogaron que no regresara de noche, ya que necesariamente debería atravesar un bosque, donde ningún griego jamás se detenía después de que el día se había cerrado, bajo ninguna consideración. Lo describieron como el territorio de los vampiros en sus orgías nocturnas, y denunciaron la inminencia de los más poderosos demonios, que se lanzarían sobre cualquiera que se les cruzara en el camino. Aubrey tomó livianamente sus protestas, y trató de reírse de esas ideas, pero cuando los vio estremecerse por su temeridad al burlarse así de un poder superior, infernal, del propio nombre que evidentemente hacía que se les congelara la sangre, se llamó a silencio.

A la mañana siguiente Aubrey salió a su excursión solo. Se sorprendió al observar el melancólico rostro de su anfitrión, y se preocupó al descubrir que sus palabras, burlándose de la creencia en esos horribles seres demoníacos, les había inspirado tal terror. Cuando estaba a punto de partir, Ianthe se colocó al costado de su caballo, y de todo corazón le rogó que regresara antes de que la noche permitiera que el poder de estos seres se pusieran en acción. Él lo prometió. Estaba, no obstante, tan ocupado con su investigación, que no se dio cuenta que la luz del día pronto terminaría, y que en el horizonte se veía una de esas motas que, en los climas más cálidos, tan rápidamente se reúnen en una masa tremenda, y derraman toda su furia sobre el campo consagrado. Al fin, sin embargo, montó su caballo, decidido a compensar con velocidad su retraso, pero era demasiado tarde. El crepúsculo, en estos climas meridionales, es casi desconocido; inmediatamente el sol se pone, la noche comienza: y antes de que hubiera ido lejos, el poder de la tormenta estaba encima —sus truenos retumbantes tenían apenas un intervalo de descanso—; la densa lluvia forzaba su camino a través del colgante follaje, mientras el zigzagueante rayo azul parecía caer e irradiar a las mismísimas plantas de sus pies. De pronto su caballo se encabritó, y fue llevado con espantosa rapidez a través del enredado bosque. El animal, finalmente, se detuvo por la fatiga, y él descubrió, por el resplandor de los rayos, que estaba en las vecindades de una casucha que a duras penas se elevaba de las masas de hojas muertas y la maleza que la rodeaba. Desmontando, se acercó. Los truenos, por un momento callados, le permitieron escuchar los horrorosos chillidos de una mujer confundidos con la sofocada, exultante burla de una risa, continuadas en un casi ininterrumpido sonido. Estaba asustado; pero apremiado por el trueno que otra vez rodaba sobre su cabeza, con un súbito esfuerzo, forzó su entrada por la puerta de la choza. Se encontró en absoluta oscuridad. El sonido, sin embargo, lo guió. Aparentemente nadie lo percibió; ya que, aunque llamó, aun así los sonidos continuaron, y no se notó su presencia. Se encontró en contacto con alguien, a quien aferró inmediatamente, cuando una voz gritó, “¡Otra vez frustrado!”, a lo que sucedió una fuerte risa; y se sintió forcejeado por alguien cuya fuerza parecía sobrehumana. Dispuesto a vender cara su vida, luchó; pero fue en vano: fue levantado en vilo y arrojado con enorme fuerza contra el suelo. Su enemigo se tiró sobre él, y arrodillándose sobre su pecho, había puesto sus manos sobre su garganta, cuando el resplandor de varias antorchas penetrando por el orificio que iluminaba de día, lo distrajo. Se irguió instantáneamente, y dejando su presa, corrió a través de la puerta, y en un momento el estrépito de las ramas al irrumpir en el bosque ya no se oyó. La tormenta había amainado; y Aubrey, incapaz de moverse, fue pronto oído por quienes estaban afuera. Entraron; la luz de sus antorchas cayó sobre las paredes de barro y el techo de cañas cargado en cada brizna de paja con gruesas capas de hollín. Según el deseo de Aubrey, buscaron a la que lo había atraído con sus gritos. Otra vez lo dejaron a oscuras, pero cuál no fue su horror, cuando la luz de las antorchas se inflamó una vez más, al percibir sobre él la etérea forma de su bella directora transportada en un cuerpo sin vida. Cerró los ojos, esperando que fuera nada más que una visión emergiendo de su turbada imaginación, pero cuando los abrió, otra vez vio la misma forma extendida a su lado. No había ningún color sobre su mejilla, ni siquiera sobre sus labios, aunque se observaba un sosiego en su rostro que parecía casi tan fijado como la vida que alguna vez residiera allí. Sobre su cuello y pecho había sangre, y sobre su garganta estaban las marcas de los dientes que habían abierto la vena. Hacia allí señalaron los hombres, gritando, simultáneamente impresionados de horror, “¡Un vampiro!, ¡Un vampiro!”. Rápidamente se improvisó una litera, y Aubrey fue acostado al lado de quien últimamente había sido para él el objeto de tantas brillantes visiones de hadas, ahora caída con la flor de la vida que había muerto dentro de ella. No sabía cuáles eran sus pensamientos –su mente estaba embotada y parecía rehuir la reflexión, y tomar refugio en el vacío-. Llevaba en su mano casi inconscientemente una daga desnuda de una particular construcción, la cual había sido hallada en la choza. Pronto los encontraron otras partidas que habían sido asignadas a la búsqueda de aquélla a quien su madre había echado de menos. Sus lastimeros gritos, al aproximarse a la ciudad, advirtieron a sus padres de alguna espantosa catástrofe.

Describir su pena sería imposible, pero cuando averiguaron la causa de la muerte de su pequeña, miraron a Aubrey y señalaron al cadáver. Estaban desconsolados; ambos murieron abrumados de dolor.

Al ser llevado a la cama, Aubrey fue cogido por una violentísima fiebre, y deliraba seguido. En estos intervalos pedía por Lord Ruthven y por Ianthe; por alguna incomprensible combinación parecía rogar a su antiguo compañero que tuviera piedad del ser que él amaba. En otros momentos imprecaba juramentos sobre su cabeza, y lo maldecía como el destructor de la joven. Lord Ruthven, que por casualidad en ese momento llegaba a Atenas, y por el motivo que fuera, al enterarse del estado de Aubrey se instaló inmediatamente en la misma casa, y se convirtió en su asistente permanente. Cuando este último se recuperó de su delirio, estaba horrorizado y sobresaltado a la vista de aquél cuya imagen había ahora relacionado con la de un vampiro. Pero Lord Ruthven, con sus amables palabras, insinuando casi arrepentimiento por los yerros que había causado su separación, y todavía más por medio de la atención, ansiedad y cuidado que mostró, pronto lo hizo reconciliarse con su presencia.

Su Señoría parecía bastante cambiado. Ya no aparecía como ese apático ser que tanto había asombrado a Aubrey, pero tan pronto como su convalecencia empezó a ser rápida, otra vez gradualmente se retiró al mismo estado mental, y Aubrey no percibió diferencia del antiguo hombre, excepto que a veces lo sorprendía al encontrar su mirada fijada atentamente sobre él, con una sonrisa de maliciosa exultación jugueteando sobre sus labios: no sabía por qué, pero esta sonrisa lo angustiaba. Durante el último estadio de la recuperación del inválido, Lord Ruthven estaba aparentemente ocupado en observar las olas sin mareas, elevadas por la refrescante brisa, o en marcar el progreso de aquellos astros, orbitando, como nuestro mundo, alrededor del inmóvil sol. Ciertamente, parecía desear evitar los ojos de todos.

La mente de Aubrey, debido al shock, estaba debilitada, y esa elasticidad de espíritu que alguna vez lo había distinguido tanto, ahora parecía haber huido para siempre. Era ahora tan amante de la soledad y el silencio como Lord Ruthven, pero por mucho que deseara la soledad, su mente no podía encontrarla en los alrededores de Atenas; si la buscaba entre las ruinas que había anteriormente frecuentado, la forma de Ianthe se paraba a su lado… si la buscaba en los bosques, el suave paso de ella surgía vagando entre el sotobosque, en busca de la más modesta violeta; entonces volviéndose de pronto, mostraba a su enloquecida imaginación, su pálido rostro y su garganta herida, con una mansa sonrisa en los labios. Se decidió a ahuyentar esas escenas, cada rasgo de las cuales creaba tan amargas asociaciones en su mente. Propuso a Lord Ruthven, a quien se mantenía comprometido debido al afectuoso cuidado que había tenido durante su enfermedad, que visitaran aquellas partes de Grecia que ninguno de los dos había visto todavía.

Viajaron en todas direcciones, y buscaron cada lugar al que se le podía ligar un recuerdo; pero aunque se movían así con rapidez de un lugar a otro, sin embargo parecían no prestar atención a lo que contemplaban. Oyeron mucho sobre bandoleros, pero gradualmente comenzaron a desatender estos informes, que imaginaban eran solamente la invención de individuos cuyo interés era excitar la generosidad de quienes defendían de supuestos peligros. A consecuencia de esto, desatendiendo el aviso de los habitantes, en una ocasión viajaron con solamente unos pocos guardias, más para servir de guías que como defensa. Al entrar, sin embargo, a un estrecho desfiladero, en cuyo fondo estaba el lecho de una violenta corriente, con grandes masas de rocas caídas desde los precipicios vecinos, tuvieron razón de arrepentirse de su negligencia, ya que apenas estuvo el total de la partida enfrascada en el angosto pasaje, cuando fueron sorprendidos por silbantes balas rozando sus cabezas, y por las resonantes detonaciones de varias armas. En un instante sus guardias los habían dejado, y ubicándose detrás de piedras, habían comenzado a disparar en la dirección desde donde venían las detonaciones. Lord Ruthven y Aubrey, imitando su ejemplo, se retiraron un momento al abrigo de un recodo del desfiladero. Pero avergonzados de ser de esta manera detenidos por un enemigo, que con insultantes gritos los incitaba a avanzar, y estando expuestos a una matanza sin resistencia si alguno de los bandidos subía por sobre ellos y los tomaba por la retaguardia, se decidieron de inmediato a precipitarse en busca del enemigo. Apenas habían perdido el resguardo de la roca, cuando Lord Ruthven recibió un disparo en el hombro que lo tiró al suelo. Aubrey se apresuró a asistirlo, y no atendiendo más el combate o a su propio riesgo, pronto se sorprendió al ver las caras de los atracadores a su alrededor —siendo que sus guardias, al ser herido Lord Ruthven, inmediatamente habían arrojado sus armas y se habían rendido—.

Por medio de promesas de grandes recompensas, Aubrey pronto los indujo a transportar a su amigo herido a una cabaña cercana, y habiendo acordado un rescate, ya no lo molestaron con sus presencias —al estar ellos satisfechos simplemente con custodiar la entrada hasta que su camarada regresase con la suma prometida, para la cual tenía una orden—.

La fuerza de Lord Ruthven menguó rápidamente, en dos días toda vitalidad lo abandonó, y la muerte parecía avanzar a pasos presurosos. Su conducta y aspecto no habían cambiado; parecía tan inconsciente del dolor como lo había estado de las cosas a su alrededor, pero hacia el fin de la última tarde, su mente se tornó aparentemente conturbada, y su mirada a menudo se fijaba sobre Aubrey, quien fue alentado a ofrecer su asistencia con vehemencia mayor de lo normal.

—¡Ayúdame! Tú quizás puedas salvarme… tal vez puedas hacer más que eso… no me refiero a mi vida, tengo tan poco cuidado de la muerte como del día que pasa, pero posiblemente tú puedas salvar mi honor, el honor de tu amigo.

—¿Cómo? Dime cómo. Haría cualquier cosa —respondió Aubrey.

—Necesito muy poco… mi vida decae aprisa… no puedo explicarlo todo… pero si pudieses encubrir todo lo que sabes sobre mí, estuviera mi honor libre de mancha en boca de la gente… y si mi muerte fuese ignorada por algún tiempo en Inglaterra… yo… yo… simplemente viviría.

—No se sabrá.

—¡Júralo! —gritó el hombre agonizante, irguiéndose con exultante violencia—. Júralo por todo lo que tu alma reverencia, por todo lo que tu naturaleza teme, jura eso, por un año y un día no darás a conocer lo que sabes de mis crímenes o muerte a ningún ser viviente de ninguna manera, pase lo que pase, o veas lo que veas.

Sus ojos parecían proyectarse de sus órbitas:

—¡Lo juro! —dijo Aubrey; él se hundió riéndose sobre su almohada, y ya no respiró.

Aubrey se retiro a descansar, pero no durmió. Las muchas circunstancias con relación a su amistad con este hombre se alzaron en su mente, y no sabía por qué, cuando recordaba su juramento, un frío estremecimiento lo envolvía, como de un presentimiento de algo horrible aguardándolo. Levantándose temprano en la mañana, estaba por entrar a la casucha en la que había dejado el cadáver, cuando un atracador salió a su encuentro y le informó que ya no estaba allí, habiendo sido transportado por él y sus camaradas, cuando se retiró, al pináculo de un monte cercano, de acuerdo a la promesa que había dado a su Señoría, de que debería ser expuesto al primer helado rayo de la luna que saliera después de su muerte. Aubrey, pasmado, y llevando a varios de los hombres, se decidió a ir y enterrarlo en el mismo lugar donde yaciera. Pero cuando había escalado hasta la cima no halló rastro ni del cadáver ni de las ropas, aunque los ladrones juraron que señalaron la misma roca en la que habían extendido el cuerpo. Por un momento su mente estuvo aturdida de conjeturas, pero al fin volvió, convencido de que ellos habían enterrado el cadáver con el objeto de quedarse con las ropas.

Harto de un país en el que se había encontrado con tan terribles calamidades, y en el que todo aparentemente conspiraba para intensificar esa supersticiosa melancolía que había aprisionado su mente, resolvió abandonarlo, y pronto llegó a Esmirna. Mientras esperaba un barco que lo condujera a Otranto, o a Nápoles, se ocupó en ordenar los efectos que llevaba consigo pertenecientes a Lord Ruthven. Entre otras cosas había una caja conteniendo varias armas ofensivas, más o menos adecuadas para asegurar la muerte de la víctima. Había varias dagas y yataganes<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->. Mientras las daba vuelta y examinaba sus curiosas formas, cuál no fue su sorpresa al encontrar una vaina aparentemente ornamentada en el mismo estilo que la daga descubierta en la choza fatal. Se estremeció. Apresurándose a lograr nuevas pruebas, encontró el arma, y su horror sólo puede ser imaginado cuando descubrió que, aunque peculiarmente configurada, ésta calzaba en la vaina que sostenía en su mano. Sus ojos no parecían necesitar más certeza, su mirada parecía estar enlazada a la daga, y aun así él deseaba no creer; pero la particular forma, los mismos diversos matices sobre el mango y la vaina eran de semejante brillo en ambos, y no dejaban lugar a la duda. También había gotas de sangre en cada una de ellas.

Abandonó Esmirna, y de camino a su hogar, en Roma, sus primeras averiguaciones fueron concernientes a la dama que había intentado arrebatar a las seductoras artes de Lord Ruthven. Sus padres estaban en necesidad, su fortuna arruinada, y de ella no se sabía nada desde la partida de su Señoría. La mente de Aubrey estaba a punto de quebrarse bajo tan repetidos horrores; temía que esta dama hubiese caído víctima del destructor de Ianthe. Se puso sombrío y taciturno, y su única ocupación consistió en acicatear la velocidad de los postillones, como si fuera a salvar la vida de un ser querido.

Llegó a Calais. Una brisa, que parecía obediente a su voluntad, pronto lo llevó volando a las costas inglesas, y se apresuró a ir a la mansión de sus padres, y allí, por un momento pareció perderse, en los abrazos y caricias de su hermana, toda memoria del pasado. Si ella antes, con sus mimos infantiles, había ganado su afecto, ahora que la mujer comenzaba a aparecer, estaba todavía más ligada como compañera.

La señorita Aubrey no tenía esa encantadora gracia que atrae la mirada y aplauso de los auditorios de salón. No había nada de ese etéreo fulgor que sólo existe en la ardorosa atmósfera de una aposento abarrotado. Sus azules ojos nunca estaban encendidos por la levedad de la mente subyacente. Había un encanto melancólico en ellos que no parecía provenir de la desdicha, sino de algún sentimiento interior, que parecía indicar un alma consciente de un mundo más vívido. Su paso no era esa pisada ligera, que vaga dondequiera que una mariposa o un color pudiera atraerle… era sosegado y caviloso. Cuando se hallaba sola, su rostro nunca estaba iluminado por la sonrisa del alborozo; pero cuando su hermano le insinuaba su afecto, y olvidaba en su presencia esas aflicciones que ella sabía destruían su descanso, ¿quién habría trocado su sonrisa por la de la voluptuosa? Parecía como si esos ojos, ese rostro, estuvieran entonces jugando a la luz de su propio ámbito natural.

Sólo tenía dieciocho años, y no había sido presentada en sociedad, ya que sus tutores habían considerado más adecuado que su presentación se demorara hasta el regreso de su hermano del continente, cuando pudiera convertirse en su protector. Estaba resuelto ahora, por lo tanto, que la próxima reunión social, que se aproximaba rápidamente, debía ser el momento de hacer su entrada en la “escena ajetreada”. Aubrey hubiera preferido permanecer en la mansión de sus padres y nutrirse de la melancolía que lo doblegaba. No podía sostener el interés sobre frivolidades o extranjeros de moda, cuando su mente había estado tan desgarrada por los eventos de los que había sido testigo, pero se determinó a sacrificar su propia comodidad por la protección de su hermana. Pronto llegaron a la ciudad y se prepararon para el día siguiente, el cual había sido anunciado como el de la fiesta.

El gentío era excesivo. No se había llevado a cabo una reunión de ese tipo por mucho tiempo, y todos los que estaban ansiosos por gozar del calor de la sonrisa de la realeza, se apresuraban hacia allá. Aubrey estaba allí con su hermana. Mientras permanecía de pie en un rincón, solo, sin prestar atención a su alrededor, ocupado en el recuerdo de que la primera vez que había visto a Lord Ruthven fue en ese mismo lugar, se sintió repentinamente tomado del brazo, y una voz que conocía muy bien, sonó en su oído.

—Recuerda tu juramento.

Apenas tuvo el coraje de darse vuelta, temeroso de ver un espectro que lo hiciera estallar, cuando percibió a poca distancia la misma figura que había llamado su atención en este sitio en su primera entrada en sociedad. Miró hasta que sus extremidades, casi negándose a soportar su peso, lo obligaron a tomar el brazo de un amigo, y abriéndose paso entre la gente, se lanzó dentro de su carruaje, y fue llevado a su hogar. Recorría la habitación con presurosos pasos, y sujetaba las manos sobre la cabeza, como si temiera que sus pensamientos estuvieran reventando en su cerebro. Lord Ruthven otra vez frente a él… las circunstancias empezaron en pavoroso despliegue… la daga… su juramento. Se exasperó, no podía creerlo posible —¡resucitar los muertos!— Pensó que su imaginación había evocado la imagen, su entendimiento estaba dependiendo de eso. Era imposible que fuera real. Se decidió, por lo tanto, a ingresar de nuevo en sociedad, ya que aunque intentó preguntar lo concerniente a Lord Ruthven, el nombre se suspendía en sus labios, y no lograba tener éxito en conseguir información. Concurrió unas pocas noches más tarde con su hermana a la reunión de un pariente cercano. Dejándola bajo la protección de una matrona, se retiró a un escondrijo y allí se abandonó a sus propios voraces pensamientos. Advirtiendo, al fin, que muchos estaban partiendo, se animó, y entrando en otro cuarto, encontró a su hermana rodeada de varios asistentes, aparentemente en animada conversación. Intentó pasar y colocarse cerca de ella, cuando uno, a quien pidió que se corriera, se volteó, y le reveló aquellos rasgos que más aborrecía. Saltó hacia delante, tomó el brazo de su hermana, y a paso vivo la impulsó hacia la calle: en la puerta se encontró bloqueado por la multitud de sirvientes que estaban aguardando a sus amos, y mientras estaba dedicado a esquivarlos, oyó otra vez esa voz susurrar cerca de él:

—¡Recuerda tu juramento!

No se atrevió a voltearse, pero, apresurando a su hermana, pronto llegó a su residencia.

Aubrey se volvió casi enajenado. Si antes su mente había estado concentrada en un asunto, cuánto más completamente enfrascada estaba ahora, cuando la certeza de la vida del monstruo de nuevo presionaba sobre sus pensamientos. Las atenciones de su hermana ahora eran despreciadas, y fue en vano que ella lo conminara a explicarle qué había causado su repentina conducta. Él sólo articulaba unas pocas palabras, y ellas la aterrorizaban. Él, cuanto más pensaba, más perplejo estaba. Su juramento lo sobresaltaba; ¿iba entonces a permitir deambular a este monstruo, cargando la ruina en su aliento, entre todos a quienes quería, y no impedir su avance? Su propia hermana podría haber sido tentada por él. Pero incluso si él quebrara su promesa, y revelara sus sospechas, ¿quién le creería? Pensó en emplear su propia mano para liberar al mundo de tal miserable, pero la muerte, recordó, ya había sido burlada. Durante días permaneció en este estado. Encerrado en su cuarto, no veía a nadie, y comía solamente cuando venía su hermana, quien, con ojos empapados de lágrimas, le suplicaba, por ella, que no desafiara a la naturaleza. Finalmente, ya no más capaz de soportar la quietud y la soledad, abandonó su casa, vagó de calle en calle, ansioso de disipar esa imagen que lo perseguía. Su atuendo se volvió descuidado, y deambulaba, expuesto por igual al sol del mediodía como a la humedad de la medianoche. Ya no lo reconocían. Al principio volvía a su casa con la noche, pero al final se tumbaba a descansar dondequiera que la fatiga lo alcanzara. Su hermana, ansiosa por su seguridad, empleó personas para que lo siguieran, pero pronto las dejaba atrás; él huía de un perseguidor más veloz que cualquier otro… huía de su pensamiento.

Su conducta, sin embargo, de pronto cambió. Golpeado por la idea de que dejaba con su ausencia al total de sus amigos con un demonio entre ellos, de cuya presencia eran inconscientes, se decidió a entrar de nuevo en sociedad, y observarlo de cerca, ansioso por alertar, a despecho de su juramento, a todo a quien Lord Ruthven se allegase con intimidad. Pero cuando ingresaba a una habitación, su demacrado y sospechoso aspecto físico era tan impactante, sus estremecimientos internos tan visibles, que su hermana se vio al fin obligada a rogarle que se abstuviera de pretender, por ella, a una sociedad que lo afectaba tan fuertemente. Cuando, sin embargo, las reconvenciones se probaron infructuosas, los tutores consideraron correcto mediar, y temiendo que su mente estuviera volviéndose alienada, pensaron que era buena idea comenzar de nuevo con el fideicomiso que había sido antes impuesto sobre ellos por los padres de Aubrey.

Deseosos de ahorrarle los perjuicios y sufrimientos con los que diariamente se había encontrado en sus vagabundeos, y de evitarle la exposición a la vista general de aquellas trazas de lo que ellos consideraban insania, contrataron un facultativo para que residiera en la casa y tomara constante cuidado de él. Él apenas parecía notarlo, tan completamente estaba su mente absorbida por una terrible cuestión. Su incoherencia se hizo al fin tan grande, que fue confinado a una alcoba. Allí a menudo yacía durante días, incapaz de animarse. Estaba demacrado, sus ojos habían adquirido un lustre vidrioso. El único signo de afecto y recuerdo remanente se desplegaba con la entrada de su hermana; entonces a veces arrancaba, y tomando sus manos, con miradas que la afligían severamente, él deseaba que ella no estuviera en contacto con él.

—¡Oh, no estés en contacto con él… si tu amor por mí significa algo, no estés cerca de él!

Cuando, no obstante, ella inquiría a quién se refería, su única respuesta era: “¡Cierto! ¡Cierto!” y otra vez se hundía en su estado, de donde ni siquiera ella podía despabilarlo. Esto duró muchos meses. Gradualmente, sin embargo, mientras el año iba pasando, sus incoherencias se tornaron menos frecuentes, y su mente se quitó de encima una porción de su lobreguez, mientras sus tutores observaban que varias veces al día él contaba con sus dedos un número definido, y luego sonreía.

El tiempo había casi transcurrido, cuando, sobre el último día del año, uno de sus tutores, entrando a su habitación, comenzó a conversar con su médico sobre la melancólica circunstancia de que Aubrey estuviera en tan horrible situación, cuando su hermana iba a casarse al día siguiente. Instantáneamente atrajo la atención de Aubrey; preguntó ansiosamente con quién. Gustoso de esta señal de restitución del intelecto, del cual ellos temían que había estado privado, mencionaron el nombre del Conde de Marsden. Pensando que éste era un joven conde con quien se había cruzado en sociedad, Aubrey parecía complacido, y los asombró todavía más al expresar su intención de estar presente en las nupcias, y desear ver a su hermana. Le contestaron que no, pero en pocos minutos su hermana estaba con él. Aparentemente era capaz otra vez de ser afectado por la influencia de su adorable sonrisa, ya que la oprimió contra su pecho, y besó su mejilla, mojada de lágrimas, fluyendo con el pensamiento de que su hermano estuviera una vez más vivo a los sentimientos del afecto. Él comenzó a hablar con toda su acostumbrada calidez, y a felicitarla por su matrimonio con una persona tan distinguida por su condición y sus talentos, cuando súbitamente percibió un guardapelo sobre su pecho. Abriéndolo, cuál no fue su sorpresa al contemplar los rasgos del monstruo que tanto había influido en su vida. Aferró el retrato en un paroxismo de rabia, y lo pisoteó. Al preguntarle ella por qué destruía así el retrato de su futuro esposo, él miró como si no la comprendiera… luego asiendo sus manos, y mirándola con una frenética expresión en su semblante, le rogó que jurara que nunca se casaría con este monstruo, ya que él… Pero no podía seguir adelante… parecía como si esa voz de nuevo le ordenara recordar su juramento. Se volvió repentinamente, pensando que Lord Ruthven estaba cerca de él pero no vio a nadie. Mientras tanto los tutores y el médico, que habían oído todo, y pensaron que esto no era más que un retorno a su enfermedad, entraron, y forzándolo a separarse de la señorita Aubrey, solicitaron que ella lo dejara. Él cayó sobre sus rodillas frente a ellos, imploró, les rogó que retrasaran nada más que un día. Ellos, atribuyendo esto a la locura que imaginaron había tomado posesión de su mente, se empeñaron en aplacarlo, y se retiraron.

Lord Ruthven había hecho una visita la mañana siguiente a la reunión social, y había sido rechazado como cualquier otro. Cuando se enteró de la mala salud de Aubrey, fácilmente comprendió que él era la causa de eso, pero cuando se enteró de que fue considerado insano, su exultación y placer apenas podían ser disimulados a quienes le habían dado esta información. Rápidamente compareció en la casa de su antiguo compañero, y por medio de constante concurrencia, y el fingimiento de gran afecto por el hermano e interés en su destino, gradualmente ganó el cariño de la señorita Aubrey. ¿Quién podría resistir su poder? Su elocuencia contaba de peligros y duras faenas; podía hablar de sí mismo como de un individuo que no tenía ninguna simpatía con ningún ser en el poblado mundo, fuera de aquélla a quien él se dirigía; podía decir cómo, desde que la conociera, su existencia había comenzado a parecer digna de conservación, si fuera simplemente que él pudiera escuchar el sosegador tono de la joven. En fin, él sabía tan bien cómo utilizar el arte de la serpiente, o tal fue la voluntad del destino, que logró su afecto. El título de la rama más antigua, correspondiéndole por fin, le permitió obtener una importante embajada, que sirvió como excusa para apresurar el matrimonio (a pesar del estado desquiciado de su hermano), que estaba por tener lugar el mismo día antes de la partida para el continente.

Aubrey, cuando el médico y los tutores lo dejaron, intentó sobornar a los sirvientes, pero en vano. Pidió pluma y papel; se lo dieron; escribió una carta a su hermana, requiriéndole, dado que ella valoraba su propia felicidad, su propio honor, y el honor de aquéllos ahora en la tumba, quienes alguna vez la sostuvieron en sus brazos como su esperanza y la esperanza de su casa, demorar no más que unas pocas horas ese matrimonio, sobre el que él denunciaba las más enérgicas maldiciones. Los sirvientes prometieron que la entregarían, pero dándosela al médico, éste pensó que sería mejor no acosar más la mente de la señorita Aubrey por lo que él consideraba los desvaríos de un maníaco. La noche pasó sin descanso para los ocupados residentes de la casa, y Aubrey escuchó, con un horror que posiblemente pueda ser más fácilmente imaginado que descripto, las señales de ajetreados preparativos. La mañana llegó, y el ruido de carruajes rompió en sus oídos. Aubrey se puso casi frenético. La curiosidad de los sirvientes al fin sobrepasó su vigilancia, y gradualmente se escabulleron, dejándolo bajo la custodia de una indefensa anciana. Él aprovechó la oportunidad; con un salto estuvo afuera de la habitación, y en un momento se halló en el aposento donde todo estaba casi montado. Lord Ruthven fue el primero en notarlo: se le acercó inmediatamente, y tomándolo del brazo por la fuerza, lo sacó apresuradamente de la habitación, mudo de rabia. Ya en la escalera, Lord Ruthven susurró en su oído:

—Recuerda tu juramento, y sábelo, si no es mi desposada hoy, tu hermana será deshonrada. ¡Las mujeres son frágiles!

Diciendo esto, lo empujó hacia sus asistentes, quienes, alertados por la anciana, habían venido en su búsqueda. Aubrey ya no podía sostenerse; no encontrando su furia una válvula de escape, había roto un vaso sanguíneo, y fue llevado a la cama. Esto no fue mencionado a su hermana, que no estaba presente cuando él entró, ya que el médico estaba temeroso de inquietarla. La boda fue solemnizada, y los novios partieron de Londres.

La debilidad de Aubrey se incrementó; la efusión de sangre produjo síntomas de una muerte cercana. Deseó que se llamara a los tutores de su hermana, y cuando habían dado la medianoche, relató sosegadamente lo que el lector ha leído con atención… murió inmediatamente después.

Los tutores se apresuraron a proteger a la señorita Aubrey, pero cuando llegaron, era demasiado tarde. Lord Ruthven había desaparecido, y la hermana de Aubrey había saciado la sed de un vampiro.

martes, 9 de noviembre de 2010

Quisiera decirte

Quisiera ser una lágrima tuya que recorriera tu mejilla, quisiera ser un susurro que llegase a tus oidos como una simple brisa llena de letras que te dijesen todo lo que sintiera por ti, quisiera ser alguien en tu vida,pero no sé como llegar hasta a ella.Quisiera decir todo lo que siento desde un interior sin nombre, desde un lugar tan remoto como es el corazón, desde un lugar que no conoce la ignorancia….
Desde hace tiempo que quería decírtelo, pero nunca he encontrado el momento, nunca he encontrado las palabras exactas,  nunca he encontrado desde la distancia, algo que fuera tuyo y mio, a partir de ese momento estariamos en nuestro mundo, en nuestro lugar, fuera del mundo cruel, fuera de las tinieblas que nos arrastrarían a un mundo lleno de olvido y de terrror, lleno de odio hacia todo lo que se mueve y lo que es inmóvil....
Vivo en un mundo en el solo existo yo, guardando una rosa negra casi inerte, muriendo poco a poco, que solo le queda un último aliento, pidiendo cada vez mas silencioso un pequeño suspiro tuyo, diciendo que nunca te separarías de mi, pidiendo con lágrimas cristalinas que cada día que pasa estés mas cerca de esta casa alejada del mundo oscuro de la tenebrosidad, pidiendo un beso tuyo para seguir viva hasta la mas remota eternidad, que sería junto a tu vera, ya que sin ti, no estaría viva, ya que cada minuto sin estar a tu lado estaría un minuto mas cerca de la muerte que tanto quisiera que no se acercase; solo pide algo que nadie quiere pedir, o que ya en este mundo destrozado quisiera que estuviera eternamente olvidado

domingo, 24 de octubre de 2010

Una historia de terror

Quiero contaros una cosa que sucedió en mi pueblo, esta historia es verdad, al menos eso dicen, pero a mi me puso los pelos de punta al escucharla..... todo empezó hace muchos años, en mi pueblo, que por aquel entonces solo era un pueblito mas de los muchos perdidos entre las montañas de asturias. mi pueblo como ya he dicho era pequeñito, apenas tenía una pequeña plaza con iglesia, un parque, una pequeña cárcel y una escuela, con todas las casa apiñadas alrededor. pero aún así estaba muy orgulloso de su escuela: era una de las mejores de toda la cuenca, pues era bastante grande y estaba al alcance de todas las familias, aunque los profesores escaseaban. pero un buen día, un día de clase, un grupo de alumnos estaban haciendo manualidades con su profesora. tendrían apenas 8 ó 9 años, y se lo pasaban en grande con el barro y las pinturas. la profesora, una joven muy guapa y que había empezado hacía apenas un mes, puso la radio para oír el parte del tiempo, pues la clase se iba el día siguiente al monte de excursión. pero a la mitad del parte, un hombre con voz muy grave cortó la comunicación y dio una noticia de última hora: "les comunicamos que se ha escapado un peligroso asesino de la cárcel del pueblo... por favor, les rogamos que cierren herméticamente puertas y ventanas hasta que sea detenido. “gracias",los niños se asustaron mucho y con razón; la cárcel quedaba muy cerca de la escuela. la profesora los tranquilizó y se puso a contarles historias para que se calmaran y se olvidaran un poco de aquello, pero a una niña le entraron muchas ganas de ir al servicio... la \"profe\", con la poca experiencia que tenía y después de lo que habían dicho en la radio, no sabía si dejar a la niña ir, pero ésta insistía tanto que al final la dejó; antes de marchar, acordaron una contraseña para saber que era la niña y no el temido preso: cuando llegara, tenía que dar tres golpes en la puerta y arañarla dos veces. la niña se fue al baño, pero nunca volvió. el preso, que estaba escondido en un lavabo, la obligó a que le dijera la contraseña y luego le cortó la cabeza. la profesora estaba ya preocupada, habían pasado veinte minutos y la niña aún no había vuelto. pero de pronto, en la puerta se escucharon tres golpes y dos arañazos: es ella, pensó la joven. pero al abrir la puerta, se encontró con el cuerpo sin cabeza de la pobre niña....de un salto, el preso entró en la clase, y entre gritos de terror y dolor, acabó con todos los niños..... sólo la profesora quedó con vida, pues logró saltar por una ventana.... Hoy en día está en un psiquiátrico, no puede parar de repetir una y otra vez: tres golpes y dos arañazos, tres golpes y dos arañazos.... la escuela estuvo a punto de ser derrumbada , pues solo traía malos recuerdos, pero al final la dejaron. dicen que si entras, en el baño podrás ver la cabeza de la niña, que te mira fijamente con ojos llenos de terror, y que en la clase, chorrean sin parar regueros de sangre por las paredes......

lunes, 6 de septiembre de 2010

El huérfano de la mansión,el origen

Cuentan las viejas leyendas, que en tiempos lejanos, quemaban a las brujas en las hogueras por diferentes motivos. Mi historia empieza ya hace muchos años atrás, cuando las wiccas buscaban remedios para todo y los guerreros luchaban para salvar sus reinos y sus gentes. Hubo un poblado en las profundidades de la Galia, un poblado que nunca había sido arrasado con anterioridad. Una joven campesina, era diferente a los demás, buscaba el saber de todo lo oculto, el saber de todo, leía todo que caía en sus manos, todos los libros que había y por haber se los leía una y otra vez, le gustaba incluso la alquimia, la sabiduría profana y la más oscura, e incluso traducía textos de los más clásicos hasta los más oscuros pensamientos que había en esa época. Lo que más le entusiasmaba eran las historias más oscuras y misteriosas, de seres más extraños jamás vistos, y sobre todo los “vampiros”, nunca presenciados, ya que para ella eran simples leyendas y nunca jamás salió de su poblado…


Siempre iba investigando, buscando cosas interesantes, intentando encontrar más de una respuesta a todo. A esta chica le llamaban Morgane, por su increíble inteligencia, y por su gran capacidad de querer aprender, además ella ya no se acordaba de su nombre, solo respondía a ese curioso nombre, ya que nadie en aquel poblado se llamaba así, solo en la antigüedad.



Iba pasando el tiempo, Morgane iba interesándose más por el misterio, por la brujería, por la oscuridad, de escuchar leyendas e historias jamás vividas… Cuando ya era una mujer, se fue de su poblado, donde pasó toda su niñez, ya no le daba ese interés personal, había aprendido mucho, pero ya no le llenaba interiormente, quería abrirse al mundo, quería innovar, quería abrirse hacia lo desconocido, ya que en el mundo donde vivió toda su vida ya no le podía dar más. Cojió su alforja de piel y metió lo imprescindible, y emprendió su camino, a comenzar su nueva vida, a ir a lugares a aprender nuevas cosas, escuchar nuevas historias oscuras y macabras, mientras trabajaba en varios sitios para poder comer cada día…



Hasta que se hospedó en un lugar al sur de la Galia, a varios días de lo que era su casa, empezó a trabajar en una taberna, que a la vez era un hostal, en el cual circulaba mucha gente, que entraba y salía. Una noche, cuando era su turno de camarera en la taberna, entró un hombre, con una capa oscura y con atuendos que nunca vio, como si fuera de otra época, a Morgane le sorprendió, ya que nunca vio a una persona así. Nadie se percató de su presencia, entró andando con una suavidad espectacular y se sentó en la única mesa que había, únicamente para una persona, en un rincón, indiferente para todos y que podía visualizar todo lo que le rodeaba. Morgane se quedó por un instante un tanto extrañada, pero tenía que hacer su trabajo, entonces se acercó a es extraño hombre y le dijo:

- Buenas noches buen señor, ¿qué desea tomar?

El señor la miró directamente a los ojos, su mirada era un tanto escalofriante y sombría, dándole un poco de miedo a Morgana, hasta que empezó a hablar:

- Eres Morgane, ¿verdad?

- Si, soy Morgane, ¿quién eres?- preguntó Morgane muy sorprendida

- Te estaba esperando, quien sea, eso ahora no importa, lo que importa es que ya te he encontrado, te he buscado durante mucho tiempo, sé que buscas respuestas y yo te las puedo dar.

Morgane aún más asustada, pero a la vez interesada en lo que decía ese hombre tan misterioso para ella, y ya le dijo:

- Te espero en el castillo abandonado, en el que está al lado del cementerio, ve mañana por la noche y ve sola, y ah!, se me olvidaba, me llamo Damion.

Morgane cuando quiso hacerle la última pregunta, él se había esfumado entre la gente. Ella se había quedado helada, como petrificada…, pensativa, ¿quién era ese hombre y de qué la conocía?, y sobre todo, ¿qué respuestas le iba a dar?

Ella cuando salió de su trabajo, se fue a su casa, se quedó toda la noche sin dormir, pensando, muchas preguntas le venían a su mente, pero siempre le rondaban en torno a ese hombre tan misterioso para ella y que nadie se percató de su presencia en donde trabajaba, fue como un fantasma cuando llegó y cuando se fue.

Llegó el día siguiente, para Morgane, se pasaron las horas muy lentas; se fue al castillo abandonado que le dijo ese extraño hombre, Damion, fue a media tarde para llegar lo antes posible, pero llegó justamente cuando estaba anocheciendo; cuando llegó la entrada del castillo, vio en la entrada de la puerta, dos estatuas algo misteriosas, eran unas gárgolas un tanto siniestras, pero de todas formas entro, quería volver a ver a ese extraño hombre, que decía conocerla. Estaba mirando atentamente a su alrededor, al patio interior del castillo, estaba todo medio derrumbado, como si hubiera habido una guerra ahí dentro; entonces llegó Damion por detrás de ella y dijo éste:

- Por fin vos habéis llegado- dijo Damion susurrándole casi al oído- te he esperado durante mucho tiempo bella dama- poco a poco dejando una distancia prudente, acercándose a un porche un tanto oscuro.

Morgane muy extrañada por todo, quedándose fija donde estaba, comentó sigilosamente:

- ¿Bella dama? ¿Por qué me esperabas?, y sobre todo, ¿qué tenías que decirme?

- Eh, eh, eh!, tranquila, no haré nada que te hiciera daño, simplemente responderte algunas cosas que ibas buscando desde niña, te he cuidado desde pequeña, a través de la distancia, velando tus sueños…

Morgane demasiado sorprendida, cuando fue a hablar aparecieron dos “monstruos” desde el cielo, ella se asustó por un momento, pero cuando se fijó bien, eran las dos gárgolas que estaban en la entrada, que habían cobrado vida cuando llegó la noche, y se posaron por delante de su amo, para protegerlo de la intrusa, de Morgane. Entonces Damion le comentó: “No te preocupes, bella dama, son mis guardianes de la noche, me defienden a mi y a este lugar sagrado”

Morgane respiró relajadamente, y le preguntó:

- ¿De qué me conoces? ¿Qué respuestas me tienes que dar?

Damion, asombrándose, comenzó a decirle:

- Como te he dicho antes, he velado tus sueños, te he cuidado desde la distancia, lo único es que no me conoces, no me has visto…, ahora te tendré que ir poco a poco desvelando secretos, respuestas a las leyendas que has escuchado desde pequeña.

- ¿Qué nunca te he visto?- dijo ella- bueno, la verdad es que llevas razón, no recuerdo haberte visto nunca

- Eras muy joven para recordarlo, hasta que maduraste y desapareciste, te he buscado todo este tiempo, tengo una misión para ti, pero aún es demasiado pronto para saber si eres en realidad la persona que busco- le dijo Damion a Morgane, mientras volvía a acercarse a ella lentamente

- ¿Qué misión? Me sorprendes cada vez más, no te he visto nunca, se me hace raro…, bueno extraño, de que estés observándome desde mi niñez, eres una caja de sorpresas

- Bueno, tan poco es para tanto- dijo él con aspecto vergonzoso- la primera respuesta a tus inquietudes. A partir de ahora, verás y percibirás todo lo oscuro que has leído desde pequeña, podrás hacer todo lo que aprendiste de la alquimia, por ahora es mi primera respuesta.

Morgane sorprendida, se quedó tan pálida como el rostro de Damion, el cual le parecía un tanto misterioso

- Esto, aunque parezca todo en ruinas- prosiguió Damion, acercándose a ella, hasta ponerse justamente delante de ella- por dentro está todo como era en tiempos anteriores a éste, está todo, como si nunca hubiesen penetrado, te invito a entrar a mi morada, a mi hogar



Morgane le miró directamente a los ojos, y empezó a caminar hacia la entrada que señalaba Damion, las dos gárgolas se quedaron afuera, vigilando aquel lugar. Los dos entraron, y Morgane, cada vez más se sorprendía, Damion llevaba razón, dentro era totalmente diferente al exterior, había grandes candelabros y hermosas vidrieras que adornaban tanto las ventanas como la habitación principal, mesas enormes de roble, cuadros cuyo marco estaba echo de oro (o por lo menos lo parecía), alfombras enormes y al parecer que eran de terciopelo, la primera sala que vio Morgane, de tal lujo y de gran inmensidad.

- Te tengo que enseñar un lugar- dijo Damion- una sala, la cual, te va a encantar, y te vas a sentir de nuevo, como aquella niña que vos era hace algunos años. Permitidme el placer de enseñaros la habitación.

Morgane se le iluminaron los ojos y pensó: “¿hacia a donde me llevará?, ¿cuál será ese lugar?”, le siguió y su corazón cada vez le iba latiendo con más rapidez. Damion la llevó hacia una gran puerta de madera y hierro, muy bien cuidada, la abrió y las velas de los distintos candelabros se encendieron de golpe al entrar, iluminando así la gran sala, la cual también tenía grandes ventanales, era una gran biblioteca, con una gran inmensidad de libros, la cual a Morgane le entusiasmó enseguida, y aparte se quedó intrigada en el momento en que se encendieron las velas cuando pasaron, comentándole así a Damion:

- ¿Cómo has hecho eso?- le preguntó

- ¿El qué?, ¿lo de las velas?

- Si, lo de las velas, para que se encendieran completamente solas

- Es un simple truco, ya te lo enseñaré algún día, será más adelante, no tengas prisa bella dama. Además, en el momento en el que estés preparada, aprenderás magia y hechizos de verdad, y tendrás todo el saber de la brujería, eso que no te quepa duda alguna. Sólo te propongo una prueba, y es que encuentres un libro, un libro que es muy especial, ahí aprenderás todo sobre este tema.

Morgane tenía cada vez más dudas, estaba más aturdida, Damion se percató de ese detalle, sin necesidad de mirarla:

- Te enseñaré vuestros aposentos, tenéis que descansar bella dama, sé que estáis cansada y demasiado sorprendida por todo lo que estás viendo- dijo él, con un tono melancólico- venid, os enseñaré vuestros aposentos

Le llevó a través de un pasillo, con grandes ventanales, apenas había velas encendidas, ya que la luz de la luna entraba por las cristaleras, lo cual daba bastante visibilidad. Damion abrió una puerta que estaba al final del pasillo, el entró primero, y después Morgane, se quedó aún más sorprendida. La habitación era totalmente diferente a lo que había visto de ese castillo, pero seguía manteniendo el lujo y la gran luminosidad que del resto de las habitaciones, con una gran chimenea de piedra enfrente de la cama, la moqueta cubría todo el dormitorio, la cama era enorme y tenía las sábanas e seda…, Morgane se sentía como una verdadera reina, hasta que Damion le dijo: “Os dejo a solas, acomódate y descansa. Te aguarda alguna que otra sorpresa más a partir de hoy”. Morgane asintió con la cabeza sin decir palabra alguna, Damion salió, cerró la puerta y se fue.



Al día siguiente, Morgane se despertó, por los rayos del sol que penetraban por los ventanales, se vistió y se fue al gran salón, que estaba bien iluminado. Buscó a Damion por las distintas salas las que vio y no vio la noche anterior, pero no lo encontró; buscó la cocina, que estaba cerca del gran salón, comió algo, y se fue de nuevo al gran saló, desde allí recordaba donde estaba la biblioteca. Cuando llegó, cojió un libro de alquimia, que le encantaba, y se percató de un pequeño laboratorio, ya que la noche anterior de la misma ilusión, no se fijó que estaba allí. Hizo algunos experimentos que estaban escritos, de forma de entretenimiento; había allí al lado un sillón largo, en el cual, después de un largo rato de hacer experimentos, se cojió otro libro también de alquimia, se sentó y se puso a leer. Cuando llegó el mediodía, buscó de nuevo la cocina, para comer algo, encontró algo de comida, se sentó en una mesa hecha de madera de roble, comió algo, recogió lo poco que había cogido, y lo llevó de nuevo a la cocina, y se fue de nuevo a la biblioteca, con prisa, quería leer aún más. Cuando llegó otra vez a la biblioteca, Morgane estuvo mirando los libros de las estanterías, encontró uno muy envejecido, del mismo uso que hubiera tenido, pensó, era diferente a los demás, y había un detalle que le sorprendió, no tenía título alguno, y en la portada había un símbolo celta, que enseguida reconoció, era la trisquel, y era un símbolo de protección. Morgane lo cojió, mostrando un gran interés en su contenido, se sentó de nuevo en el sillón y abrió el libro. En sus primeras páginas estaban en blanco, pero había una inscripción: “Para Damion, guárdalo para el resto de tu eternidad, en un futuro te servirá para ayudar al alma inquieta de saber, tu fiel amiga y bruja LUNA”. Morgane, extrañada, empezó a leer. El libro había hechizos, dibujos demostrativos, apuntes y anotaciones, escritos a mano con puño y letra, escritos todos a pluma, y una letra clara, perfecta y entendible.



Cuando llegó la noche, Morgane, aún seguía en la biblioteca, leyendo detenidamente aquel libro tan extraño, pero a la vez excitante. De repente notó una presencia extraña, un frío penetrante, ella no sabía el porqué de esa bajada de temperatura tan repentina, y sin casi sin darse ni cuenta, entró Damion por la puerta:

- Me imaginaba que ibas a estar aquí- dijo él mientras observaba que tenía ella el libro en sus manos- me sorprendes que tengas ese libro, tan apreciado para mí.

- ¿Éste?- enseñándole ella el libro a Damion- ¿qué tiene ese libro en especial?

- Es un regalo de una vieja amiga, el único recuerdo que tengo de ella.

- Es de brujería, aquí viene toda clase conjuros y hechizos…, todo un arte oscuro

- Si, es de brujería, piensas que es un mundo lleno de oscuridad, pero es una ayuda, aunque puedas pensar todo lo contrario. Aquí puedes invocar…- Damion se quedó pensativo, no sabía si contárselo, no sabía si estaría preparada para saber y aprender lo que contenía en ese libro…

- ¿Invocar el qué?, no te entiendo- preguntó ella, con un aire de misterio

- ¿Te acuerdas, de pequeña, que te gustaba los seres ancestrales y que sólo había escritos y cuentos?- empezó a comentar Damion a Morgane haciéndole esta pregunta.

- Si, lo recuerdo, pero sólo había uno en especial, que sepa ese ser no se invoca ni nada, además, es difícil encontrar uno, ya que apenas se les deja ver, suponiendo de que existan…- dijo ella intrigada, y a la vez haciendo que Damion hablase, ya que no se le vio en todo el día.

- Lo sé, hay uno que no se invoca, y ahí no lo encontrarás; sólo ahí encontrarás a los seres mito- lógicos, invocarlos y dominarlos sobre todo, aparte de otras cosas…

- ¿Seres mitológicos? ¿Cómo tus gárgolas, que me asustaron anoche?

- Sí, de ese tipo, las gárgolas son solo un ejemplo. Éstas protegen éste lugar, las tengo enseñadas para proteger este lugar, por eso aquí dentro no está destrozado como fuera, está todo intacto, como era antes, hace casi 100 años.

- ¿Cómo sabes eso?- preguntó Morgane-, no se te ve tan envejecido, solamente tienes un poco de palidez.

- Simplemente lo sé- dijo Damion, poniendo una pequeña sonrisa en la boca-, lo de mi palidez es otra historia, ya os lo diré cuando estéis preparada, aún no os lo puedo decir.

- Tengo mis sospechas, aunque no me lo quieras decir- comentó ella con total seguridad.

Damion la miró de reojo mientras iba andando hacia las estanterías, no quitaba de su boca esa pequeña sonrisa. Ojeaba sus libros, su pequeño tesoro, sin embargo era una gran habitación repleta de libros y documentos, hasta que al final, comenzó de nuevo:

- Morgane, tendrás esas sospechas, pero te recuerdo una cosa, es preferible que te lo diga yo, nunca te apresures, ya que no lo puedas aceptar y menos que te guste la idea…

- ¿Idea?, ¿qué idea?- preguntó ella, un tanto mosqueada, ya que nunca le había gustado que le dejasen en la intriga, y Damion en parte lo estaba consiguiendo.

- Tiempo al tiempo, bella dama, la paciencia es una gran virtud.

Morgane se quedó pensativa, en parte Damion llevaba razón, no le conocía apenas, le inquietaba todo, pero tenía que esperar, hasta que él contase su historia, hasta que él diera ese paso, ya que la de ella ya se la sabía en mayor parte.

Llegó un momento que le dijo Damion, señalándole el libro:

- Apréndete ese libro que tienes entre las manos, te va a servir en un futuro.

- ¿Por qué?- preguntó Morgane, olvidándose de los pensamientos que le rondaban.

- Te va a servir en un futuro, como te he comentado, dentro de un tiempo vendrán cambios y tendrás que estar lista y preparada.

- ¿Eres adivino o algo así?

- No, solo es intuición, ya te explicaré todo cuando sea necesario, es un pequeño favor que te pido.

- ¿Cuál?

- Confía en mí, nunca te haría daño- le dijo Damion cuando se acercaba hacia la puerta para irse- Hazme caso y léete bien ese libro, te servirá de gran ayuda y vas a aprender lo todo lo que has imaginado en tu niñez, lo que aún no has aprendido a lo largo de tu vida.

Morgane se quedó perpleja, Damion la miró de reojo, le sonrió y salió de la habitación. En un instante, cuando Morgane salió de su asombro, salió corriendo hacia la puerta, cuando la abrió y miró la habitación contigua, ya allí no había nadie.

Morgane, por un momento, se quedó desilusionada, al no ver a Damion para preguntarle, cada vez más iba teniendo más dudas.



Los días iban pasando, Morgane ya apenas veía a Damion, solo de pasada, algunas preguntas de cómo iba y poco más. Morgane, siguió el consejo que le dio Damion aquella noche; poco a poco iba memorizando aquellos conjuros y hechizos de aquel libro, de hacer hechizos cada vez más potentes, pero siempre a las afueras del castillo, un poco a la lejanía, para no deteriorarlo más de lo que estaba, llegó a dominar a las gárgolas, leyó con mucho detenimiento los hechizos relacionados con los dragones, se informó sobre este tema, aunque había poca información sobre los dragones, lo poco que había era escritos llegados de China y Japón, y lo que había escrito en ese libro, aunque los leyó con gran interés y entusiasmo, ya que eran seres de leyenda, y les parecía interesantes y misteriosos al mismo tiempo.

Pero a Morgane aún tenía a su ser favorito en mente, los vampiros, y una gran duda le rondaba, la cual era que si Damion sería uno de ellos, o al menos uno de los últimos, ya que tenía sus sospechas: aparecer únicamente por la noche, la piel tan clara, sus vestimentas, no comía (o al menos eso le parecía a ella, ya que nunca lo veía), sus vestimentas un tanto diferentes a lo que ella había visto….

Morgane cada vez iba mejorando en la brujería con el paso de los días a través de ese libro, poco a poco iba mejorando en los conjuros, iban siendo más potentes con el paso del tiempo y de su continua práctica, iba invocando más seres mitológicos, y aún más en aquellos que apenas había escuchado hablar.... Hasta que un día llegó al último conjuro, y se dio cuenta que el libro estaba sin terminar, había bastantes hojas en blanco, sin escribir, por una parte pensó en aquella bruja, llamada Luna, no pudo realizar y escribir más conjuros en aquel libro, aunque dejaba el margen de la duda. El último conjuro que había escrito, era un tratado sobre el poder de los muertos, como invocarlos para que su espíritu aparezca en forma de ayuda, como poder hablar con almas perdidas y llevarlas al otro mundo, etc.; ella solamente lo leyó, algo interior hacía que tuviera miedo en ese aspecto.

Damion estuvo varios días sin aparecer, cosa que Morgane ya no le parecía extraño, ya que alguna vez lo había hecho. Hasta que un día, después de un tiempo, apareció entre la tormenta, Morgane estaba en la fachada del castillo, bajo la fuerte lluvia, con la mirada perdida en aquel castillo, con cara pensativa. Esa noche era muy lluviosa, pero apenas corría aire, Damion se acercó a ella, Morgane le escuchó acercarse, por el sonido que hacían sus zapatos sobre el agua, ella apenas se inmutó, solo giró un poco la cabeza, y le comentó, volviendo la mirada al castillo:

- Al fin estás aquí, has estado ausente durante varios días, se me ha hecho un poco raro no verte tanto tiempo sin estar por aquí

- Si, fui ha hacer un viaje- dijo él mientras se acercaba

- Me intuyo qué tipo de viaje…

Damion se sorprendió por un instante, pero siguió con la conversación:

- Entra al castillo, vas a coger frío.

- No te preocupes- le dijo ella-, ya se todo de ese libro, menos el último conjuro, que solo lo he leído. Estoy pensando en una cosa.

- ¿Qué cosa?- dijo él, mientras llegaba a la altura de Morgane-, ¿en qué estás pensando?

- En hacer un conjuro nuevo, cambiar en la fachada del castillo, convertirlo en una mansión, solo lo que es el aspecto externo, en lo que es el interior va a seguir intacto tal y como está, pero con alguna sala más.

- Entra en el castillo, al calor del fuego, y piénsalo como queráis vos, si quieres cambiar el aspecto del castillo e una mansión, es tu decisión, pero hazlo cuando apacigüe la lluvia.

- De acuerdo, entrare, pero prométeme en contarme una cosa, sin rodeos.

- Dime- le dijo mientras iban entrando-, ¿qué quieres saber?

- Solo te pido que me contestes con sinceridad, no me guardes más secretos, ya sé bastantes cosas de ti, pero sólo me queda una…

Damion le miró fijamente, clavándole la mirada a Morgane:

- A ver, sorpréndeme.

- Como empezaría…- Morgane dudaba si decírselo o no- pareces en sí un humano, pero tienes aspectos que no creo que lo sean, aunque en apariencia si lo es…

- ¿Quieres saber si soy un vampiro?- preguntó Damion, interrumpiéndola, Morgane, se sorprendió por la interrupción, Damion prosiguió- ¿En que te basas?, sé que piensas en eso.

Morgane, no sabía como reaccionar, aunque se basaba en detalles…:

- Dímelo tú con toda seguridad, ya que sabes en qué puedo pensar

- Sé que piensas que soy un vampiro desde hace ya un tiempo. Al final te lo confirmo: soy un vampiro, pero soy el último. A mi familia la exterminaron hace mucho, la asesinaron, así se extermino la raza, menos yo, que pude salir vivo, he podido sobrevivir hasta el día de hoy…

Morgane, estupefacta, se quedó con un aire pensativo y misterioso en lo que le decía Damion, mientras tanto, él prosiguió:

- Mi amiga Luna, la de la inscripción en el libro, me lo dijo a través de una de sus visiones hace más de medio siglo, que iba a conocer a alguien, que iba a ser su sucesora, y a parte iba a ser la única persona que podía darme un heredero, que iba a perdurar a través de los siglos, alejado del mundo, viviendo en este castillo. Tú eres la elegida, por eso te he esperado, he guardado silencio, te cuidé en tu niñez igual que ahora, eres todo, eres la única…:

Morgane, le miraba con los ojos bien abiertos, muy sorprendida de esas palabras de Damion, y ella empezó a hablar:

- Algo sabía, por intuición, por tu palidez, nunca te he visto probar bocado, y sólo te veía por la noche. Sólo eran perspectivas, teorías, pero nunca pensé que iba a ser cierto- dijo ella, casi tartamudeando.

- Lo sé, lo he notado en tu mirada, pero nunca pude leer tu mente, hay algo que me bloquea; desde que lo intenté la primera vez supe que ibas a ser tú, la sucesora, y la mujer de mis sueños…

- ¿La mujer de tus sueños?, ¿acaso ahora sueñas conmigo?- preguntó ella.

- No es eso, antes era humano, fui convertido hace mucho tiempo, y tenía sueños algo extraños, a los que posteriormente se lo pregunté a Luna, la cual me respondió con lo que te ha dicho antes. Ahora aunque sea un vampiro, y el último, algo sueño, pero poco y siempre borrosos. Y lo de mi mujer de los sueños…

- Damion, sigue, recuerda que no me gustan las intrigas- dijo ella, mirándole fijamente, ya que Damion parecía que se entrecortaba.

- Estoy enamorado de ti, he intentado conquistarte, pero se me ha hecho muy difícil, apenas me has hecho mucho caso, siempre estabas ocupada con los conjuros.

Morgane impresionada, le contestó: “Estoy totalmente perpleja, no sé qué decirte, nunca me ha ocurrido algo así, la verdad es que me has sorprendido bastante, pero… ¿desde cuando?

- Si lo sé, ya sé que nunca ye ha pasado esto, estoy enamorado de ti desde el primer momento en que te vi, después de tanto tiempo, pero hay un última cosa que quería pedirte- dijo él

- ¿Si? ¿Qué cosa quieres pedirme?

- ¿A vos, quisiera ser mi esposa?- preguntó él con un tono vergonzoso, le daba apuro de hacerle esa pregunta.

Morgane no sabía que decirle, empezó a sentir calores después de esa petición, se puso colorada, y las piernas les temblaban de los mismos nervios. No sabía como reaccionar, ella sentía algo por él, más de lo que podía pensar, hasta que él empezó a hablar:

- Bueno, supongo que me vas a decir que no, después de todo, tú eres una humana y yo un ser de la noche.

- Si, me quiero casar contigo. Dijo ella mirándole a los ojos, ahora era él era el sorprendido, Morgane prosiguió- Pero solo te hago una proposición.

- ¿Qué proposición?- preguntó Damion

- Que me conviertas en una vampiresa, quisiera vivir la eternidad a tu lado

- ¿Cómo? ¿Qué te convierta?- preguntó él, que aun no salía de su sorpresa-, ¿estás segura de lo que me estás pidiendo?

- Si, estoy segura, del todo, quisiera que me convirtieras.

Damion se estaba quedando perplejo, no salía de su asombro, estaba más asombrado que Morgane en el momento en el que le había pedido matrimonio. Hasta que reaccionó, empezó a hablar para hacerle otra proposición:

- Solo te propongo una cosa, pero tienes que aceptármela…

- ¿Cuál es esa proposición?- dijo ella

- Tendrías que esperar hasta el día del matrimonio, esa noche te convertiré y a partir de ese momento y de ese día serás una vampiresa.

- De acuerdo, esperaré hasta ese día, mientras tanto mejoro mis hechizos y en los conjuros.

Damion puso una pequeña sonrisa en su pálido rostro, mientras se iba. Morgane se fue mientras tanto a la biblioteca, a mirar algo de arquitectura, para poder hacer un hechizo al castillo y cambiarlo al de una mansión de lujo, solo iba a respetar las grandes salas interiores y el cementerio.



Iba pasando los días, eligieron para el día de la boda, un día de invierno, especialmente en el mes de diciembre; Morgane pudo al fin convencerse a sí misma en hacer el conjuro de los muertos, hablar con ellos y revivirlos. Revivió a un antiguo párroco, uno de la familia de Damion y de confianza, mejoró en invocar a seres mitológicos, sobre todo a los dragones, a los cuales resucitó a uno de su letargo, y que junto a las gárgolas, iba a proteger ese lugar. En cambio al castillo, cuando obtuvo bastante información sobre arquitectura, lo cambió externamente en una lujosa mansión renacentista, de muros gruesos, conservando los grandes ventanales, a los que les puso externamente barrotes de hierro forjado, quedando así la fachada de gran impresión de lujo y de protección, conservando el hechizo hasta la eternidad. Incluyó en el conjuro una gran sala especial, una gran sala de bailes, para invitar a las gentes, para su futura sed de sangre.



Meses después de la pedida de matrimonio, en pleno invierno y mes de diciembre, llegó la fecha elegida, Morgane y Damion, se contrajeron en matrimonio, en la más estricta intimidad, y Damion cumplió su promesa, en esa misma noche, convirtió a Morgane en una ser de la noche.



Pocos días después iban poco a poco a los pueblos cercanos a la gran mansión; las gentes los veían siempre de noche, vestidos de grandes lujos, Damion y Morgane se hicieron pasar por gentes adineradas, como un matrimonio de la nobleza; iban invitando a las gentes de la aristocracia, querían hacerse llegar a las gentes poco a poco, e incluso invitaron a su lujosa mansión, iban a hacer una gran fiesta, para ir conociéndose mejor, lo que no sabían esas gentes que eran vampiros y les guardaban una gran sorpresa….

Al cabo de un tiempo, hicieron la gran fiesta en la gran sala de baile, Damion y Morgane, eran los anfitriones, fueron muchas personas de los alrededores, de la alta sociedad de los pueblos y ciudades que estaban alrededor de la mansión, iban llegando poco a poco en sus lujosos coches tirados por caballos, cuando todos los invitados llegaron empezó a escucharse música de fondo, tocaba una orquesta con violines, chelos y un gran piano, la gente se animó a bailar, Damion y Morgane solo miraban atentamente a sus invitados mientras hablaban entre ellos, hasta que en un momento Morgane vio a un muchacho joven, de alrededor de unos 26 años, y le dijo a Damion:

- Cariño, ¿ves a ese chico de allí del fondo, tan solitario?- le comentó Morgane a su marido.

- Si, lo veo, ¿por qué me lo dices?- dijo él en un tono algo preocupativo

- Podría ser tu futuro heredero, tu futuro hijo, si lo conviertes.

- No sé Morgane, parece que no podrá nunca estar en nuestro mundo, viviendo en la eternidad tan fácilmente como podemos vivir nosotros.

- Es una oportunidad que tienes, podrá ser tu heredero, y podrá vivir eternamente junto a nosotros, no sufriendo como el resto de los mortales que hoy nos presiden en esta sala.

- Es una opción, Morgane, me lo pensaré antes de que termine la noche, y mucho antes de que termine esta fiesta, te lo prometo.

Morgane asintió con la cabeza, y se fue un momento hacia fuera de la sala, necesitaba un poco de aire, se veía un poco agobiada de estar rodeada con tantos mortales, una mujer la siguió, pensando que eran otra cosa, Morgane se percató que la seguían, miro levemente hacia atrás y vio a la mujer, cuando siguió un poco más adelante, se paró en seco, y empezó a hablarle a la mujer:

- ¿Qué quiere señora?- le dijo Morgane a la mujer.

- Solo quería saber, si vos os encontrabais bien, señora, os he visto salir, y me he preocupado.

- Si, no se preocupe por mí, sino por vos, señora- dijo Morgane, mientras se daba media vuelta.

Y antes de que la mujer pudiera decir algo más, Morgane se abalanzó hacia al cuello de aquella mujer, pudiendo así saciar su sed de sangre, pero no del todo, quería aún más; y con el cuerpo de aquella señora, como pudo, lo arrojó fuera de la mansión a través de un hechizo y sin que se enterase ninguno de sus invitados, volvió a la fiesta, junto a su marido, como si no hubiera pasado nada. Cuando llegó al lado de Damion, éste comenzó:

- ¿Dónde está la mujer que te ha seguido?- le preguntó a ella.

- ¿Tú qué crees?, me he alimentado de ella- le comentó en susurros para que no escuchara nadie

- Vos tendría que ser más discreta, a ver si nos van a descubrir lo que somos en realidad.

- No te preocupes, amor, he tomado precauciones, recuerda que también soy una bruja, puedo hacer lo que sea sin hacer ruido alguno, mira lo que puedo hacer ahora.

Morgane cojió y con un solo chasquido de dedos, paró el tiempo, y con otro chasquido volvió a reaccionarlo, y las gentes de la fiesta no se percataron de nada, solamente el chico que le dijo Morgane a su marido, que se dio cuenta de lo que había pasado, ya que a él no le ocurrió nada en absoluto, Damion se dio cuenta, y le dijo a Morgane antes de que empezara a hablar el joven:

- El chico que has elegido, se ha dado cuenta de lo que has hecho, hay que tener cuidado con él.

- Si, lo sé, es el elegido, tu futuro heredero, le ha pasado lo mismo que a mi cuando me elegiste- dijo ella, que siguió hablando entre susurros- Ya te había comentado que iba a ser él, el que siguiera tu legado.

- Me lo he intuido, he podido leer en parte su mente en este rato de tu ausencia, sé que no es su mundo, el de la alta aristocracia, su corazón está apagado aunque siga latiendo, su alma es oscura igual que la nuestra, vamos a alimentarnos, ya es la hora.

Morgane, con un nuevo chasquido, paró el tiempo, mientras Damion iba acercándose a ese joven, que su esposa había elegido como su heredero, cuando llegó a su altura, empezó el joven a hablarle, con un tono de terror a lo que estaba sucediendo:

- Mi señor, ¿qué es lo que ocurre aquí?, es como si se parara el tiempo- dijo el joven muy asustado

- No te preocupes, joven amigo- le dijo Damion al muchacho- sé que no me vas a creer lo que vas a escuchar.

El joven aún más aterrorizado, no sabía hacia donde ir, ya que el mundo se había paralizado

- Dime lo que quieres, pero no me haga daño- dijo el joven con voz temblorosa

- ¿Cómo os llamáis, mi joven amigo?- preguntó le Damion.

- Me llamo Edward, mi señor, ¿qué queréis de mi?

- Sé que no aguantáis estar en esta sociedad, vuestra alma es tan oscura como la de mi mujer y la mía, solo quisiera haceros una vida mejor, si vos me lo permitís.

- ¿Qué vida mejor?- preguntó el joven Edward.

- Si vos me lo permitís, mi mujer os hará una pequeña demostración. Morgane actúa, hazle a nuestro joven Edward una pequeña demostración.

Morgane, eligió a un señor esta vez y cerca del joven Edward, y dio un mordisco en el cuello de su víctima inmóvil, absorbiendo así su sangre. Edward se quedó impactado, no sabía que es lo que ocurría en esa sala, Damion prosiguió con su conversación con el joven:

- Somos los últimos vampiros de esta sociedad corrupta, eres nuestro elegido, mi futuro heredero, te estoy dando una vida eterna, sin corrupción, sin envejecer, sin enfermedades ni nada, solo estar con nosotros y en esta gran mansión..

- Yo…, yo…- el joven Edward no sabía lo que le estaba ocurriendo, no sabía del todo lo que pasaba, pero sabía que Damion llevaba razón, el ya no quería estar en ese mundo corrupto, así cuando estaba seguro de lo que quería, comenzó a decirle- Lleváis razón señor, este mundo está demasiado corrupto, no quisiera estar aquí, decido en que me convirtáis.

Morgane, se acercó junto a su marido ay al joven Edward, y le dijo a su marido:

- Es tu turno, cariño, te toca a ti, convierte a este joven llamado Edward en uno de nosotros- le dijo Morgane a Damion entre susurros.

Damion se acercó a Edward con una extremada rapidez y le mordió en el cuello, absorbiendo parte de su sangre, el cuerpo del joven se iba debilitando poco a poco, luego Damion hizo lo mismo que a su mujer, le dio parte de su sangre, para poder así completar la conversión; lentamente Edward fue recuperándose, y Damion le dijo:

- Ves a todas estas personas inmóviles, mi querido Edward- comenzó así Damion- Ahora son tu alimento, ve a por ellos

- Si, mi señor- dijo Edward en voz baja, y empezó a alimentarse de todas aquellas personas.



Iba pasando el tiempo y los días, el joven Edward era uno más de la familia, ya era el único hijo de Damion y Morgane, pero hasta que un día se torcieron las cosas; las gentes de los distintos pueblos, que estaban alrededor de aquella mansión hicieron y escucharon rumores sobre la aristocracia, y fueron a aquella mansión, iban a hacer una guerra, iban a matar a Damion y Morgane. Cuando Morgane, Damion y su hijo Edward se enteraron, no pudieron hacer mucho, no pudieron prepararse, lo único que pudo hacer Morgane, era encerrar a su único hijo en la mansión, diciéndole:

- Hijo mío, no salgas de aquí, mientras que estamos fuera, si bien muramos, estarás protegido, y aunque estás solo, estaremos los dos protegiéndote en la lejanía, y los libros de la biblioteca, te servirán, prométeme que protegerás este sitio- dijo Morgane entre lágrimas

- Te lo prometo- dijo Edward, también entre lágrimas

- Hijo, nunca estarás solo, te lo juro- le dijo Morgane, dándole a su hijo un beso en la mejilla.



Damion y Morgane, con todo su pesar de su hijo, se fueron hacia la calle, Morgane realizó su último conjuro, protegiendo la mansión, y protegiendo a su hijo de algo peor que la muerte, su sufrimiento mientras lo mataban. La muchedumbre enfurecida vio los cuerpo de las personas de la aristocracia en el cementerio de la mansión, a Morgane la cojieron cuando decía sus últimas palabras del hechizo, a Damion, poco después en un momento de descuido, cuando buscaba a su mujer, no pudieron defenderse de la muchedumbre enfurecida, la muchedumbre cuando ya estaban los dos juntos, lo ataron a un póster, y les quemaron vivos, por motivos de brujería y de asesinato, un cura les dio sus últimas bendiciones; mientras tanto, Edward lloraba desconsoladamente dentro de la mansión, ya que eran su única familia, y los únicos que le había querido como un hijo, ya que no podía salir hasta que no se fuera la muchedumbre y ya que estaba la mansión protegida por un conjuro.

Cuando se fue la muchedumbre, con su sed de venganza, pudo salir Edward de la mansión, era ya de noche, sus lágrimas ya se habían secado, cojió a su única familia, hizo dos agujeros en el suelo y los enterró a ambos juntos, uno al lado del otro, como marido y mujer que eran, Edward en cambio siguió viviendo, durante toda su eternidad, con una cosa en mente, venganza por sus padres, y siguiendo el legado de su padre, ser un ser de la noche….





CONTINUARÁ…

viernes, 3 de septiembre de 2010

Mundo en soledad

Mi mundo es estar sola, entre lugares que nunca he pisado, miedo a lugares que me encuentre totalmente sola. Miedos a estar ahí, en esos lugares, pero hay algo que hace que camine hacia delante. Sé que estarás a mi lado, pero estás lejos, aunque me gustaría que estuvieras a mi lado, cosa que nunca harías por mí al menos en este momento, aunque lo desearía hasta la eternidad. Quisiera andar contigo entre las tumbas, entre la noche, la niebla y las estrellas, contándonos cosas que podrían sucedernos, hablando de nuestra larga eternidad, sin embargo no estás conmigo. Nunca pienso que no estás aquí, pienso que estás a mi lado, a pesar de una larga y misteriosa lejanía, pero no quieres estar aquí, aunque te lo pida de rodillas. Quisiera atravesar todo lo oscuro que me rodea contigo, nunca estar sola, sin embargo ya me olvidaste, a pesar de todo. Mi vida ya no tiene sentido, sin ti y sin nuestra noche, pero el olvido te ha cegado, ya no eres el mismo al que conocí este tiempo atrás, ya me olvidaste, aunque mis ojos estén inundados de lágrimas, lágrimas que algún día se secarán y ya no sufrirán por ti, ya que un corazón destrozado nunca podrá recomponerse, aunque me digas perdón…

jueves, 2 de septiembre de 2010

Reescribiendo historias

Reescribiendo historias, cuentos que no se ve en la vida normal, haciendo que esta vida tenga algo de sentido. Volviendo a lugares olvidados por la humanidad,  recreando su historia, leyendas olvidadas, creando algunas nuevas.
Volviendo mis pasos, a aquellos caminos que nunca recorrí, viendo grandes estatuas, lugares con grandes bosques, sitios remotos y esconcidos, queriendo no volver a mi hogar, olvidarme de él, ojalá me quedase en esos lugares lejanos, tan embellecedores y sombríos a la vez.
Solo voy creando versos y prosas, palabras que pueden llegar al añma si se leen bien, para poder seguir hacia delante. Pero durante la noche, mi alma se escapa de este cuerpo, para irse a lugares muy remotos, a los que no conozca,y menos la humanidad, volviendo cada mañana a mi cuerpo cuando se despierta, estando así en simples recuerdos en mi memoria, que con el paso del tiempo se olvidan, y algunas veces se quedan como pequeños destellos de esos lugares tan lejanos